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MARGARITA RIVIÈRE
EL PAÍS -
24-09-2006
Cumplidos 30
años de ejercicio profesional, este abogado barcelonés, de 59 años, llegó a
una conclusión: "Tenemos muchas leyes, pero poca cultura democrática. Hay que
buscar salidas a los conflictos cotidianos de la gente. En 30 años he visto
demasiadas injusticias". Especializado en derecho civil y mercantil, ha sido
observador atento de problemas que las leyes resuelven, muchas veces, sin
tener en cuenta lo que llama "legitimidad humana". Sabe que la perfección no
existe, pero concluye que muchos conflictos pueden solucionarse a través del
diálogo entre personas civilizadas antes de recurrir a una justicia abrumada
por el trabajo: "Mucha gente no sale satisfecha de los juzgados". La justicia
cumple su papel, que no es poco, pero se queda
corta.
Así las cosas,
en plena madurez, un buen día de 2001 decidió especializarse en algo que,
desde hacía años, le rondaba por la cabeza: la mediación en la solución de
conflictos entre personas. "Se trata de ayudar a las partes para que lleguen a
un acuerdo por ellos mismos. Los americanos, abogados de Harward y asistentes
sociales, fueron pioneros en los años setenta. En España, como en todas
partes, la gente quiere que se le solucionen los problemas y no se dan cuenta
de que son ellos mismos, muchas veces, los que pueden hacerlo".
Responsabilizarse de los propios actos, flexibilizar posiciones, analizar las
situaciones correctamente, aprender a dialogar, hablar con libertad y de forma
voluntaria, lleva, según esta escuela de
comunicación que es la mediación, a entender las razones ajenas y
las propias, y de esta manera, trabajosa y lenta, a superar no pocos
problemas.
Hizo dos
masters, en España y en Suiza,
comenzó a ejercer la mediación desde su despacho, sobre todo en cuestiones
familiares, y con dos colegas, también abogados e igualmente entusiastas, hace
un año montó Alter (www.altersim.com), una empresa dedicada la mediación
integral. Hoy es uno de los primeros expertos de España, le llaman de todas
partes para dar conferencias, da clases. Acaba de volver de Argentina, donde
la mediación es obligatoria antes de que los conflictos de todo tipo pasen a
los tribunales. "Siempre he necesitado algo más que el derecho", explica. La
mediación le permite seguir con una vocación que ha pasado por el
voluntariado, ayudando a homeless españoles, y la dedicación a
los derechos humanos, con estancias en Colombia y con los meninos da rua en Brasil. Hasta llevó a
dos de sus tres hijos, entonces de 18 y 20 años, a Nepal, para ayudar en un
orfanato durante sus vacaciones.
Hijo de una
familia de la burguesía barcelonesa, con unos abuelos ultracatólicos -"en casa
de mi abuela estaba el Santísimo y había misa diaria"-, su trayectoria es
común a la de muchos de su generación: despertar, en la universidad, a una
realidad brutalmente injusta. "Mi mujer, que es asistente social, me ayudó
mucho en esa evolución", dice. Una maduración que hoy cristaliza en la
mediación: "Un mediador no juzga y parte de la idea de que todas las opiniones
son legítimas". Una vocación clara de hombre bueno, provocada por los cambios
sociales.
La necesidad
actual de mediadores de conflictos parece síntoma de una preocupante
incapacidad social para comunicarse y entenderse: "No es cierto que hablando
se entienda la gente. Para entenderse es necesario hablar de manera positiva,
con espíritu abierto, escuchando al otro. Esto, hoy, es ir a contracorriente".
Lo tiene claro: "Lo que la gente normal recibe habitualmente es la cultura del
no diálogo, del insulto y la agresividad permanente. La política, la
competición económica y laboral, expresa todo esto. Desde hace años se percibe
la necesidad de impulsar una cultura del diálogo positivo entre las personas".
Recuerda que lo que le parecía predicar en el desierto hablando de mediación
hoy es una enorme lluvia. "Ya no hay desierto, la mediación sube. En Francia
funciona, en Gran Bretaña va muy bien la mediación económica, en Barcelona el
Juzgado número 18 está haciendo una prueba piloto. Las administraciones se
apuntan: estamos empezando algo que va a crear puestos de trabajo pero, sobre
todo, una cultura de respeto, de comprensión, entre la gente". Habla de
mediación preventiva: "Los conflictos existirán siempre, pero hoy hay un
problema cultural de entendimiento mutuo. Es como si nos hubieran comprado un
coche y no supiéramos conducirlo: hay que aprender a dialogar y a escucharse.
Este descubrimiento me cambió la vida". Tiene prisa: le esperan como mediador
en un conflicto intergeneracional. Padres e hijos que no se hablan, pero
acaban haciéndolo "si ellos quieren y si sale la verdad" ante de un imparcial
hombre bueno, una vieja figura
hoy reinventada en la mediación.
PERFIL
"Hay
que crear una cultura del diálogo. Esto significa responsabilizarnos de
nuestros actos, decir la verdad, escuchar las razones del otro, flexibilizar
posiciones...". Es lo que mueve a este abogado barcelonés de 59 años, con 30
de experiencia profesional a sus espaldas, que ahora, con dos colegas, se
dedica a la mediación. Es una novedad en España: se trata de ayudar a que las
partes de un conflicto se pongan de acuerdo por ellas mismas. Una tarea
difícil y complicada: el mediador no es un juez. Es un 'hombre bueno', eso que
de tan antiguo ya es nuevo.
m.riviere@yahoo.es
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